Cristiano Ronaldo causa el pánico en el Real Madrid

Por primera vez en ocho temporadas, un debate que parecía que nunca iba a llegar se ha instalado en el entorno madridista.

La vida, en general, va bien o muy bien para el Real Madrid esta temporada. Cuando hemos entrado en el segundo mes de 2017, más de cinco de competición desde que arrancó el curso, el equipo blanco avanza con firmeza en las dos grandes competiciones que dominan la campaña. Lidera en la Liga desde hace meses con un nada despreciable colchón de puntos sobre Barça y Sevilla y con un partido menos, y se prepara para afrontar las eliminatorias de la Champions League como favorito ante el Nápoles. Sin embargo, pese a todos estos buenos registros, el inicio del nuevo año ha supuesto un extraño declive de esa época inaugurada hace ahora trece meses con la llegada de Zinedine Zidane.

Tres títulos desde aquel aterrizaje forzoso del francés para apagar el incendio generado por Rafa Benítez, la recuperación de un bloque que parecía abocado a la destrucción después de la destitución de Carlo Ancelotti y el progresivo trabajo para generar no solo un buen ambiente en el vestuario, sino también una comunión en el césped que provocó la mayor racha de imbatibilidad nunca antes vista en la institución, con fases de fútbol razonablemente brillantes, al menos para el aficionado medio que haya seguido habitualmente al Real Madrid en las últimas dos décadas, y con un hambre de éxitos y una implicación inusual si hablamos de periodos largos dentro de la historia reciente del club. ¿Qué sucede entonces, como para que una parte importante de la afición merengue no acabe de estar contenta con la situación?

La eliminación en la Copa del Rey a manos del Celta parece poco como para reprochársela al equipo después de tantos meses de felicidad; tampoco las dos primeras derrotas de la temporada, ambas seguidas, contra los celestes y el Sevilla en la Liga. ¿Acaso pensaba el público que el equipo iba a ganar los tres títulos del curso sin perder un solo partido? Lo primero, puede... pero lo segundo es poco menos que complicado de imaginar. Un sueño poco probable pero por el que se podía luchar, quizás, en ningún caso un motivo de enfurecimiento. Eso es lo que se le pasa por la cabeza a gran parte del vestuario madridista en los últimos días, después de haber visto cómo el ambiente, sobre todo en su propio estadio, no termina de ser apacible.

 

Cuando crees estar haciendo las cosas bien durante un tiempo y pones empeño en lo que haces, seguramente lo peor que puede pasarte es que pierdas las bases de aquello que ha hecho no desviarte de tu objetivo durante toda esa etapa. En el Real Madrid reciente el equipo ha funcionado bien siempre que confluían dos factores fundamentales: la confianza y la cercanía con el entrenador y la unión con el público. Pocos equipos se encuentran más seguros de sí mismos incluso en las situaciones más adversas como el Madrid si éste se sabe con el respaldo del Bernabéu detrás. Es incluso motivador, positivo, ponerse en lo peor. Sin embargo, en las últimas fechas, ese calor de la gente ha abandonado a los futbolistas, especialmente en algunos casos concretos. Y desde luego, el que más preocupa es el de Cristiano Ronaldo.

Casi ocho años después del aterrizaje del que para muchos es el futbolista más importante de la historia del Madrid desde Alfredo di Stéfano, por primera vez se plantea el debate que muchos pensaron que jamás podría llegar hasta la masa social blanca: ¿Es el principio del fin de su tiempo en el Real? Muchos aficionados madridistas considerarán esta pregunta venida de un 'antimadridista' solo por el mero hecho de formularla; Otros la considerarán correcta. Por encima de ambas vertientes existen dos realidades: es tan evidente que el jugador portugués atraviesa su peor momento desde que llegó al club por rendimiento y por números como que el debate ya está instalado en el entorno, sea más o menos justo.

Cristiano Ronaldo es un futbolista cuyo potencial se nutre de una importante base física, que ahora parece estar en crisis. Sea por momento de forma, por su reciente lesión el pasado verano y la ausencia de pretemporada, por edad o por dudas en su cabeza, cada vez cuesta más recordar los tiempos en los que prácticamente todo su registro de goles y acciones de desequilibrio se basaba en la velocidad, los desmarques en carrera y los disparos brutales a decenas de metros de la portería rival. Ronaldo lleva meses con problemas para encarar y marcharse de sus rivales, pierde duelos individuales, participa mucho menos en el juego y pasa cada vez más tiempo dentro del área, alimentándose de remates al primer toque y goles a balón parado, además de penaltis. La duda es si se trata solo de una fase temporal, o si debemos acostumbrarnos a esta realidad cuanto antes. Y el problema es que gran parte de la afición, sobre todo la más exigente, no se acostumbrará después de haberle visto hacer lo que ha hecho durante tantas temporadas. Un Ronaldo convertido en un delantero centro rematador es el futuro, machacan constantemente desde las fuentes de análisis futbolístico. Pero eso parece no bastarle a una porción importante de sus seguidores en el Madrid.

La gente quiere al Ronaldo de siempre y éste lucha por volver. En ese camino comete errores, se desquicia y acaba teniendo roces con su propia hinchada. Un tema que le saca de quicio a él, tal y como han desvelado varios medios deportivos en estos últimos días, y también al vestuario. Les preocupa este repentino brote de desconfianza que a su vez aleja a los futbolistas de su propia afición, algo peligrosísimo a la hora de esperar éxitos al final del curso. Y en mitad de todo, el club intenta apaciguar los ánimos poniéndose vendas. De un lado ofrece toda su confianza interna y externa hacia su jugador franquicia, lo que debe hacer y lo inteligente, y del otro planifica el futuro de la plantilla bajo el amparo de Bale, señalado como el sucesor del portugués, acompañando a una pléyade de jugadores jóvenes y de futuro. Pero sabe que del adiós legendario y por la puerta grande de su jugador (como debería ser) al final agrio y desagradable de la estrella que se marcha tarifando del club de sus amores, hay una fina línea. En eso está... y al tiempo vive preocupado por la incertidumbre que provoca esta especie de alegría agridulce.